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Geishas modernas

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Hay algo en las mujeres japonesas que me hace admirarlas y denostarlas de la misma manera. La lluvia cae en Tokyo y el otoño pasa a ser invierno en pocos segundos. Es probable que la nieve llegue más temprano que tarde y el milagro de los copos en diciembre vuelva a hacerse realidad. Hace dos años, cuando estaba aquí por primera vez, la nieve me sorprendió. Recuerdo que me levanté temprano de la cama para ver los copos. Y ese día conocí a Hiro, dentro del milagro de la nieve, en noviembre esta vez y con tantísimo frío.

Vuelvo en el tren. Cuando nos miramos entre extranjeros hay como una complicidad interna o así lo siento yo. Pero a veces, sin querer, camino como una japonesa, con mis bolsas en la mano, siempre comprando algo, por más mínimo que sea. En Japón, creo que las carencias van por otros lados. Miro mucho a las mujeres, las describo y desmenuzo internamente hasta lo que puedo y lo que no puedo lo imagino. Entre el idioma casi desconocido y su falta de demostración, la pared se enclava y es imposible.

Vuelvo en tren y llueve. Hiro se fue a su trabajo y nos cruzamos en el café, por unos segundos, en mi break de trabajo. Aquí puedo realmente trabajar desde cualquier lado, sin miedos, sin apuros, sin nada. Mi computadora me sigue en el tren y a veces conoce a otras computadoras de oficina, también en el tren. En general, hay una hora donde todos los trabajadores, de todo tipo y lugar, confluimos en el café. Y también están los estudiantes eternos.

Camino hacia el lado opuesto de la estación, no porque me equivoque sino por gusto de tener tiempo y caminar. Hay un local nuevo que quiero conocer pero en seguida me frena la lluvia. No traje paraguas y el aire es helado. Ya es de noche aunque sean las 6 de la tarde. Retrocedo y trato de cruzar caminando la barrera. Las luces de las bicicletas alumbran un poco y los trenes no dejan de pasar. Es hora pico y hay retrasos. El viento es cada vez más helado y somos bastantes los que nos acercamos a la barrera para poder pasar. Pero no, no se puede. Pasan los minutos y nada. Siguen pasando los trenes. ¿Cuánto tiempo más? Pienso en que mala idea tuve de caminar con este frío cuando alguien, al lado mío me habla. Es extraño pero es una chica que viene de trabajar, prolijamente vestida. Ella sí tiene un paragüas y con una palabra que no entiendo me hace una pregunta. Le digo que sí, que gracias y corre su paraguas para taparme a mí también de la lluvia. Agrega con una voz baja: Nagai, ne? No sé qué significa pero le digo que sí. Ahí lo veo. Hay algo en las mujeres japonesas que me hace admirarlas: sus movimientos delicados, su fragilidad expuesta, su modo naif, su amabilidad sin fin. No es la primera vez que lo veo pero ella me lo recuerda. Hay un toque ancestral que las hace, las instruye y las deposita en este mundo de una manera que yo nunca vi en un mujer. Pienso en las geishas, en sus formas, sus conocimientos, sus legados.

Pienso en mí como mujer y cómo esa delicadeza, esa dulzura, es ejemplar en ellas. Nace, se desarrolla y se traspasa. Esa amabilidad no muere, ha pasado por tantas mujeres hasta llegar a esa noche donde la lluvia cae y ella me mira y me ofrece su paraguas. Esas pequeñas cosas iluminan mi Japón. A veces no lo comprendo, a veces lo descreo o lo veo en un plano elemental. Pero a veces, estos toques me hacen sentir que esta es mi búsqueda y que a veces, hay luces que me ayudan a comprender y a ver más allá de lo que se ve: la profundidad de una gota de agua helada.

Vuelvo a la casa, con frío, y tipeo la palabras nagai. Significa largo, ella me dijo que el tren estaba tardando largo. Y yo le dije que hacía frío. Y en silencio, las dos nos entendimos por un segundo, con un paraguas y una sonrisa.

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