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Okinawa: viaje al centro del mar en las islas Zamami

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Japón es un archipiélago mucho más grande de lo que yo creía. Como una exploradora de mundos nuevos, siento que poco a poco lo voy conociendo y eso me alegra. Pero también voy incluyendo nuevos lugares a donde ir. El viaje a Okinawa me agarró en medio del descubrimiento de que en Japón es muy fácil sentirse «satisfecha». Este es un pensamiento que estoy teniendo recurrentemente y creo que es algo que se ve socialmente. Japón es un país muy tranquilo, donde la gente puede acceder a todo lo que quiera y cuando uno llega a ese estado: ¿qué pasa? Antes de irme, charlé con Alma, nuestra visita y ya amiga argentina, de este tema. Y fue bueno e interesante. Le contaba, en medio de un té verde y una gaseosa, que sentía un poco esa sensación de facilidad, de que todo era posible y si todo lo era- o al menos en la vida cotidiana- ¿qué se puede desear?.

En Argentina mi vida también era tranquila. Pero hay cuotas que acá no existen y no saben lo que la alivia a una eso. No existe la preocupación de la inseguridad, no existen los crímenes, los robos, el conflicto social, no existe el cambio de precios. Crean o no, eso alivia mucho. En Japón, raramente pasan cosas que a una la alerten y es más el factor sorpresa lo que aparece. Las cosas son fáciles, son muy simples porque están resueltas hasta en el más mínimo detalle, son accesibles: nos estábamos yendo a Okinawa a dos meses de mi llegada. Habíamos armado una casa desde cero. ¿Y ahora qué? Uno siente que su deseo está completo. ¿Dónde se va el deseo de más? ¿Qué es más? Bueno, así estaba en medio de mis pensamientos cuando tomamos el avión a Okinawa. A veces siento que puedo comprender a los japoneses automáticos, a veces una siente que puede volverse así. Pero no.

Las islas me dieron un aire nuevo, unas ganas de explorar y admirar nuevas tierras. De volver a ser exploradora de este país. Viajamos al centro del mar en Zamami. Las aguas eran de distintos azules hermosos, pocas veces vistos. La vida de la isla, alejada de todo, sin tanto consumismo es buena. Nos tiramos en la playa, aun con viento, para apreciar el horizonte. No hay miles de restaurantes en lo que elegir, hay solo uno y a veces ninguno. La vida es simple, pero con otro sentido. Me dan ganas de quedarme más pero como no podemos, quizás volver.

Vivimos en un hostel, en una habitación pequeña con tatami. En la isla todos se conocen, porque no viven más de mil personas. No hay grandes comidas, ni grandes días. Pero está bien mirar los azules del mar, el cielo, las formas de la tierra.

Las playas son hermosas. Una de ellas, incluso, tiene 2 estrellas Michellin. El viento, a veces, sopla fuerte pero eso no nos paró y nos quedamos descansando entre la arena, mientras veíamos algunas pocas personas también hacer lo mismo.

Por la noche, comíamos siempre en los mismos lugares porque estaba casi todo cerrado. Así conocimos a una chica alemana que trabaja en un hostel internacional, donde hacía pizza y hamburguesa riquísima y a una chica japonesa de Kyoto que ya había estado por 3 meses y nos paró en la calle para recomendarnos un lugar para cenar. Después la encontramos en el único bar, donde tomamos algo antes de irnos a dormir. Las caras que nos cruzábamos eran siempre las mismas y eso le daba un aire de familiaridad.

Cuando volvimos a tierra firme, pensé en la historia trágica de este país y cómo la guerra aunque no exista ahora va a ser siempre una cicatriz fea, de la que ojalá hayan aprendido. Y personalmente, entendí que Japón es el lugar que cumple los sueños, sí, pero también crea nuevos.

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