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Cara B de Okinawa: la presencia incómoda

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Okinawa me dejó varias cosas para pensar. Desde lo distinto que es de una ciudad como Tokyo, a la que siento tan cerca, a lo diverso de su interior, bien rural y campestre. En uno de los últimos días, antes de embarcarnos para viajar a la isla Zamami, nos encontramos con una sorpresa. De esas que están ahí, en el decorado, pero uno no las ve bien. Era la mañana y salíamos por una de las rutas para ir desde el norte, desde la isla Kouri, a Naha, la capital. La realidad es que la isla entera no es tan grande y algo así como 2 horas ya volvíamos a la ciudad centro. Habíamos pasado por un Mac para comprar algo en el camino y seguir viaje, cuando Hiro me dice: ¿le preguntamos?. No entendía a que se refería porque estaba concentrada en comer mi desayuno. Claro: era la segunda vez que encontrábamos a una chica haciendo dedo. Claramente extranjera, Hiro dio marcha atrás y abrí la ventana para preguntarle dónde iba. Nos dijo que estaba yendo a Chatan. Hiro dijo que podíamos llevarla ya que estábamos en camino y le abrimos la puerta.

Christie no tendría más de 25 años y tenía un arito en la nariz. Llevaba una mochila grande y en seguida nos pusimos a charlar. Era canadiense, había llegado a Japón como parte de un viaje por Asia, y había pasado la noche en la misma isla que nosotros y ahora iba al encuentro de un amigo japonés en Chatran. Me sentí identificada con ella porque también estaba viajando con Workaway y nos contamos nuestras experiencias- las mías, de hace 2 años-.

Lo interesante fue que gracias a ella conocimos Chatran, el American Village o Barrio Americano de Okinawa. Aunque la presencia es bastante constante en el ambiente nunca había tan claro como hasta ese momento. El barrio americano era un conglomerado de bases aéreas, navales, y mucho más en enormes lugares perimetrales cerrados, pero donde se podía ver todo. Es más, se podían ver la cantidad de vehículos de calle, de guerra, soldados fumando, containers, todo en pleno movimiento. En operaciones. Además, del lado de afuera de la reja, la influencia norteamericana no terminaba. Las calles, por supuesto, estaban llenas de negocios para norteamericanos: burritos mexicanos, pizza, KFC. ¿Estábamos en Japón?

Christie nos contó además que ya había estado en Chatran y que odiaba que piensen que era norteamericana cuando era canadiense. Además, hacía pocos días, una amiga japonesa, de novia con un militar de Estados Unidos, la había invitado a un concierto de un artista norteamericano adentro de la base. Christie, nos contó, había accedido a ir en parte por la experiencia. Y la experiencia fue que le pidieron pasaporte y le hicieron un chequeo estilo aeropuerto, incluso le sellaron el pasaporte. Claro, entrar en ese espacio es entrar literalmente es otro país. Dice que en la base pudo ver la cantidad de casas, locales y todo lo que tienen ahí adentro. En el concierto, privado para los norteamericanos, las familias y los jóvenes bailaban al son de la música de su país.

Además de eso, hacía unos días habíamos cruzado una especie de convoy norteamericano en nuestro camino al norte. Y Hiro me contó que hay serios problemas con los soldados en la isla: casos que incluyen maltrato y todo tipo de violaciones a las mujeres japonesas. Es que, al igual que sucede con las Embajadas, las bases militares cobijan a sus ciudadanos, quienes piensan que no deben cumplir- y no cumplen- con las reglas del lugar, o sea, de Japón. Muchos de estos se sienten impunes porque la base ya es suelo de otro país y la ley japonesa parece no regir detrás de los alambrados. Muchas mujeres japonesas ni siquiera realizan la denuncia porque no hay forma en que esto se modifique. Otro de los problemas sociales es la cantidad de madres solteras japonesas que existe en la zona. Los padres, militares norteamericanos, abandonan la relación y el hijo. Y es muy raro en Japón ser una madre soltera, por lo que imagino que debe ser visto socialmente de manera reprobatoria.

Todo esto me pareció bastante descabellado. Pero todos coincidimos que Estados Unidos nunca dejará su lugar en Okinawa y que estas cosas probablemente no terminen. Llegamos a destino y dejamos a Christie en un negocio con wifi, para que pudiera comunicarse con su amigo. Parecía que estábamos en otro país. Un país muy distinto a Japón. Y los helicópteros militares seguían volando por encima nuestro.

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2 Comments

  • 02.12.18 AT 6:07 pm
    Eilat

    Jennifer, vengo leyendo algunos de tus posts. Quisiera poder estar allí. viendo lo que ves. Comparto muchas de tus sensaciones y veo que pensamos similarmente acerca de muchos temas. Aumentan mis ganas de viajar y seguir conociendo el mundo. Un mundo cada vez más subdividio y enajenado, pero en el que viiven algunos humanos que aún recuerdan lo que es la Humanidad.

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    • 04.12.18 AT 4:19 am
      Jotita

      Eilat, gracias por leerme. Me alegra poder transmitir al menos un poco de lo que puedo ver y sentir 🙂

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