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Okinawa: la guerra está en todos lados

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Okinawa es uno de los lugares a los que siempre quise ir. Una curiosidad pequeña que llegó, como todas las curiosidades y que me hizo convencerlo a Hiro de que nuestro primer viaje sea a la isla. Llegar a Okinawa no es tan fácil: no hay trenes bala, solo avión. Son dos horas y media cruzando el agua hasta llegar a Okinawa.

A Hiro le gusta mucho la historia pero la realidad es que en la isla, en la isla entera, la guerra es todavía palpable. Nuestro primer movimiento fue alquilar un auto e irnos para el sur, hasta el Museo de la Paz de Himeyuri. No vi a ningún turista extranjero ahí pero llegaban cada vez más micros de escuelas, con adolescentes que marchaban para conocer esta historia de la que no tenía la más pálida idea. Hiro me dijo que este era un lugar que debíamos visitar por respeto. ¿Por respeto a quién? En la entrada, existe una casa de flores que vende a raudales. Todos los japoneses compran sus flores. ¿Pero para quién son las flores?

Aunque al principio no sabía nada ahora ya no podrá desconocer más el nombre: las Himeyuri. En Japón, esta palabras significa flores. Y claro que lo fueron. El Museo de la Paz de Himeyuri es una oda a una guerra horrible, con víctimas que jamás lo deberían haber sido. Himeyuri es el sobrenombre que tenían unas 240 niñas, estudiantes de la escuela normal de mujeres de Okinawa. El 23 de marzo de 1945, cuando los norteamericanos decidieron que Okinawa iba a ser suya, estas 240 niñas, que no tendrían más de 18 años fueron mobilizadas a la muerte.

El Museo es una oda a su vida, a sus caras, a sus nombres, instalados uno a uno frente a los vivos. La entrada ya es escalofriante: muestra la cueva- aún abierta, siempre abierta- en donde las niñas se refugiaron, tratando de sobrevivir. No lo hicieron. En la noche del 18 de junio de 1945, en plena guerra, las chicas, que actuaban de enfermeras, fueron enviadas a esas cuevas, al frente mismo de guerra.

Durante el museo, los jóvenes miran y escuchan atentos los testimonios, las fotos, los objetos. La guerra es siempre cruel, pero este museo me resulta un poco indignante. El ejército japonés fue quien militarizó, entrenó y llevó a la muerte a esas niñas. La guerra se perdió, el general a cargo cometió harakiri (el suicidio por honor) y todos quedaron a su suerte. En el museo, explican que en la cultura japonesa existe cierto orgullo en este tipo de muerte: la muerte dada en honor al Emperador. No lo entiendo.

No entiendo esta guerra, como ninguna. Creo que lo que más me molesta es que sean niñas. Mandaron a preparar para morir a niñas inocentes, sin posibilidad de defenderse y ellas allí fueron. Mandaron a morir a parte de una generación en pos de una defensa imposible, a la que sabían así desde mucho antes de rendirse. Hiro me dice que es fácil hablar así, no estando en el momento. Quizás puede ser. Hiro está emocionado y yo estoy enojada con este museo, con esta guerra, 120 mil Okinawenses murieron por una causa imposible. Hay 227 cuadros de ellas, las Himeyuri, que miran en silencio desde un lugar en el que nunca deberían haber estado.

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