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Crónica de un corazón japonés

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Al final despojada. Sin valijas, sin nada. Se siente bien viajar así, viajar con una misma. En Japón me di cuenta cuán hermosa compañía soy, cuan imprescindible. También sentí que nadie es indispensable, pero me marcan sus pasos y me importa el latido del corazón de los que viajan conmigo. Compartir felicidades. Construir momentos juntos. Esa es mi única misión. Vine sola pero nunca estoy sola. Siempre hay un mensaje, un plan, una mano abierta. Las palomas vuelvan en círculo en el parque Ueno y esto es real. Estoy acá, vine para irme, me voy para volver.

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Se siente ligero ser libre, desnuda ante vos y ante el mundo. Esto es -al fin y al cabo- lo único que somos, lo único que vamos a tener. Así recibo el final de mi viaje, tan enorme, tan hermoso que ni yo misma puedo entenderlo. Pero sí sentirlo, sentirlo latiendo en un hueco nuevo que nació dentro, un corazón japonés, quizás. En una especie de magia que no escapa el tiempo pero que me llama, me llama, y me emociona como pocas cosas en este tiempo, en este mundo.

Todo lo que me pasó, pasó porque dije que sí, porque celebré a cada minuto la apertura, porque abrimos al intercambio y de eso siempre salen cosas buenas, cosas que valen la pena.

Aprendo tanto que siento que mi mente se elevó un poco y que si alguien me hiciera un escaneo cerebral, notaría el movimiento constante de mis neuronas. También siento: alegrías pequeñas, momentos de intensa felicidad, siento ansiedades. Japón: llegaste no sé muy bien cómo, quizás desde adentro. El alma japonesa. Estás acá, estamos acá; para cambiarnos con pequeños gestos, para entendernos con miradas. Cuando conocí tus pequeños ojos, no pude dejar de verlos. No pude dejar mi curiosidad por entrar en vos, a cada movimiento y palabra. Esperando agazapada el momento para captar tu alma misteriosa.

Aprendí la delicadeza, la refinez, el trabajo arduo, el amor por el detalle, el recato, la precisión en todo, la dulzura, a tener paciencia, a tener mis confianzas ahí, a hacer mermelada, a hacer bolsas de papel, a hacer un cumpleaños, la generosidad, la humildad, el origami, el sexo, compartir, apreciar, contemplar, algunas palabras, a pintar carteles, a no dañar, a estar abierta, a tener fe, a llegar cerca de lo mágico, a creer, me enseñaste cómo viajar, las cosas ricas, a cocinar tus platos, venerar tus dioses, a ser agradecida, a tratar a niños, a los ancianos, a vivir en el campo, a encontrar el camino. Más que nada, te mostraste en el camino y yo caí rendida. Me mostraste tus cartas y ganaste: ganaste desde el momento en que ese avión llegó a Narita y hacía calor.

Me voy pero me voy feliz y acompañada. Cuan bien se siente terminar un viaje y empezar otro al mismo tiempo. Sonrío toda la última noche en Narita. Este es el final jamás planeado, el mejor.

Me voy para volver. Te hago un lugar adentro mío, te guardo como un tesoro encontrado y compartido preciosamente. Hablamos el mismo idioma y marcamos los mismos dobleces en el papel. Llegados, plegados, volando siempre hacia tantos lugares, abiertos en forma.

Gracias por dejarme vivir en mi pequeño paraíso, en vos Japón. Siempre en vos.

 

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1 Comment

  • 04.12.16 AT 3:54 am
    SusaNa

    Hermosa tu nota Jotita,nada más más valioso que ser consciente de tu libertad.El viajar ,te abre la mente,el corazón y el espíritu.Sobre todo como tú lo has vivido, sumergiéndote en la vida cotidiana de Japón,sus costumbres,sus comidas,su cultura.Japon ha ganado contigo y tú con Japón.Japon se ha enriquecido contigo y tu has crecido con el.No has terminado un viaje,sino has comenzado otro,el de hablar con el alma!!!!!Hasta otra🌹

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