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Tanto deseos en Meiji Jingu

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Estar dos veces en la misma ciudad pero en distintas temporadas tiene sus privilegios. Cuando llegué a Japón en agosto, me acuerdo que ese día nos caminamos la vida con la genia de mi amiga alemana Kerstin y transpiramos de una manera loca. Ayer, cuando visité el parque Yoyogi, no podía hacer más frío. ¿Qué cambia en una dos meses después? ¿Qué cambia en el parque y en la ciudad dos meses después? Heráclito dice que el río que vemos nunca es el mismo y nunca somos los mismos cuando lo vemos, ¿no? Así que eso es lo que estuve pensando al volver a visitar Yoyogui.

Esa vez había sido Kerstin la encargada de guiarme, no entendíamos mucho la ciudad pero ella tenía todo bajo control. En cambio, yo me dejaba llevar. En este viaje, me dejo llevar mucho y confío en los demás, para lo que sea (The more we share, the more we have-decía John, el inglés inspirador). Y me va bien de esta forma, Pero en Tokyo hago la mía: elijo mi destino, me muevo cómo quiero y siento que la ciudad ya me respeta porque yo la puedo entender un poco a ella también.

Sólo necesito mi app de Google Maps y elegir. Entré a Yoyogi después de recorrer -también por segunda vez- Takeshita St, una de las calles más loquillas de Tokyo. Hay mucha onda teen, mucho rosa, mucho purikura, muchas ondas mezcladas y posibles. La primera vez había entrado desde atrás, así que esta vez la visión era distinta. El parque ya no estaba verde, sino cambiando sus hojas poco a pocos en lo que los japoneses llaman momiji y es tan importante la observación de este cambio que hasta tiene un nombre. Ver el cambio realizado, ver la mutación de la naturaleza, del color, del paso del tiempo.

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En Yoyogi también estaban las niñas vestidas de pequeñas japonesas con sus zapatos, maquillajes y kimono tradicional. Esta ceremonia se llama Sichi-go-san (siete, cinco, tres) y es común en esta fechas ver a muchos chiquitos sacándose fotos, en un ritual que se da en los templos y que busca agradecer por la salud y el bienestar de estos chicos. Para las niñas, también marca un cambio de etapa porque se les cambia el cinturón de su kimono por uno más ancho. Marca quizás el cambio de ser niñas a ser jóvenes, a los 7 años.

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En el Santuario de Meiji Jingu, conocido en Tokyo y donde había tenido mi primer acercamiento al shintoísimo, a los tantos dioses, en el caluroso Tokyo, mi primera parada. Además de más flaca, más feliz, además de más abrigada, sentí que estaba bien volver ahí, al árbol de los deseos que se mece entre todo el mundo. Leer los deseos, emocionarse con las cosas que la gente agradece y pide en diversos idiomas, desde tantos lados. Yo también tengo mi deseo, lo pido siempre: ahora que sé cómo hacerlo cuando me paro frente a un templo, frente a unos dioses que no conozco pero que están cerca todo el tiempo. Entendí que lo que pasó en Fushimi Inari era su voz. Sé que voy a cumplir mi deseo.

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