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Ceremonia del té, un encanto refinado

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Cuando hablamos de , a veces pienso en Gran Bretaña. Sus costumbres, sus 5 de la tarde. Pensaba que el té era sinónimo de aquel lugar en que pasé un mes viviendo con una familia cuando tenía 21 años. Esa fue mi apertura al mundo, y desde ahí no dejé de viajar. Pero el té es japonés. 

Lo pude comprobar cuando el último día en Okayama fuimos a un evento local donde había de todo, desde karaoke a niños que te hacían retratos, muestras de dibujos de jardín, muestras de ikebana. Y también una ceremonia del té hermosa que tomamos junto a la familia de Nao-chan y Kida-san, incluída la baby Tae-chan, que se portó increíble en esta ceremonia sofisticada.

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Para empezar, todos tuvimos que entrar descalzos a la sala de té. Y algo no menor: tuvimos que entrar agachados por una pequeña puerta. Esto, según nos contaron, en tiempos antiguos representaba que aún el emperador o la figura con más poder era un igual cuando estaba en una sala de té. Todas las diferencias quedaban afuera y en la sala de té, todos somos iguales. Este concepto me pareció interesante, y muy digno de Japón. En la sala de té no importan las distinciones de ningún tipo, todos estamos a un mismo nivel.


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Después, nos ubicamos alrededor de la señora que oficiaba la ceremonia. Ella preparó el té con todos los elementos necesarios, con paciencia, paso a paso, en paz. Tomó agua caliente de una tetera enorme, y la mezcló con el té verde que tenía en un pocillo. Con una especie de peine de bambú, mezcló todo de a poco. Su delicadeza era enorme, sus tiempos eran los tiempos de alguien que valora lo que hace.

Antes de empezar, nos ofrecieron unos dulces con un relleno de porotos rojos exquisitos. Yo era la primera en la ronda, así que fue a mí a quien ofreció primero el té. Era verdísimo y con un poco de espuma. Me enseñaron a dar vuelta la taza unas dos veces para encontrar el lado perfecto de la taza o pocillo. Además, tuve que pedir permiso al segundo de la ronda para poder beber mi té ya que por respeto se hace esto.

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Una vez que tomé el , debí limpiar el borde del pocillo con mi dedo. Y así siguió la ronda. La preparación es minuciosa, la degustación es de a pasos, el orden lo es todo.

Esa tarde descubrí aún más del refinamiento, de la sofisticación del detalle al máximo, de la dedicación a una tarea tan simple y compleja como tomar el. Japón me enseña a ser paciente, porque serlo trae recompensas buenas; a prestar atención al detalle, porque es parte del todo mismo y el camino que hay que seguir tiene su explicación y no se hace en vano; a venerar lo mínimo, porque en eso reside también lo máximo.

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  • 07.11.16 AT 3:53 am

    Sencillamente deliciosa la ceremonia del te,querida Jotita,la delicadeza,el refinamiento y el detalle de lo mínimo para llegar al todo,te vuelven increíblemente bella.Esoero ansiosa tu próxima entrega

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